En su sentido literal, extremofilia quiere decir «amor por lo extremo». Se emplea para describir a aquellos microorganismos que se adaptan a condiciones extremas que serían hostiles para la mayoría de formas de vida –calor, frío o acidez excesivas–. Estas condiciones, sin embargo, no dejan de ser similares a las del caldo primigenio del que emergió originalmente la vida en la Tierra.
Los extremos son con frecuencia peligrosos y amenazan con trastornar el frágil equilibrio de nuestras constituciones. Mientras nuestro planeta se enfrenta al efecto constante de episodios climáticos extremos, a la angustia ecológica y un creciente extremismo ideológico, se añade una sensación de temor existencial que permea todos los ámbitos de la cultura contemporánea.
En tiempos como estos, los extremófilos, que encarnan la definición misma de la capacidad de adaptación y la resiliencia, son dignos de ser admirados. Nos recuerdan la capacidad de la vida para existir más allá de los límites de lo posible, a las excepciones que se sitúan más allá de lo imaginable.
¿Conducirán las condiciones extremas a las que nos enfrentamos hoy a la extinción de la vida, o pueden ser una fuente de nuevas formas de vida y nuevas maneras de vivir? ¿Qué podemos aprender de los extremófilos, aquellos que existen en los márgenes y más allá? ¿Qué nuevas formas de (co)existencia pueden derivarse de la idea del «amor extremo»?
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